sábado, 4 de febrero de 2023

 Las horas pasan lentamente, estar sola me desespera. Tomo este momento para escuchar las ideas que pasan por mi mente, y me rio. Fumo y escribo, aguanto el frío de una luna casi llena. 

Vivo ahora en un pueblo de Algeria cerca del desierto donde el zorrito fenek me mira travieso, mueve sus orejas largas; y me dice: "no me domestiques, no te acostumbres a tu mismo mundo, escapa por esa grieta que el dilema no deja ver".

Pero no quiero escapar... el desierto me llama, el mar me reclama. Después de esas altas olas hay una incertidumbre que me incierta. Soy ingenua al pensar que la flotabilidad y pesadez del mar hará que experimente otro estado del alma. Cuántos beduinos, al sentir la intensidad del sol en unión con la sequedad de la arena se preguntaron por el otro extremo de sus condiciones y pensaron en que allí estaba su destino. Es una ingenuidad...

Pero eso soy, si no experimento el sueño de estar atrapada en la separación nunca imaginaría este mundo.

- Lleva el candelabro a la tienda - dijo Khaled - ero lústralo antes de llegar. 

Busqué entre los cajones y hallé una botella con un poco de aceite. El argán estaba escaso, las plantaciones estaban en huelga, la cosecha principal era de la familia Passed, que contaba con un sistema de riego nuevo. Los cultivadores tradicionales no podían darse el lujo que los grandes empresarios manipulaban ahora.

Al llegar a la tienda, Frensi, un francés que nunca quitaba de sus narices unas gafas oscuras viejas y torcidas, me recibió el candelabro. 5 francos por una reliquia de la familia, la única herencia con historia que poseía la familia.