jueves, 16 de febrero de 2012
Saliendo para Cosón
Después de una pequeña resaca, Inés y Olga se alistan para salir a la playa. Equipaje ligero, dos toallas, una loncherita, la cámara, los cigarrillos. Salen en la camioneta.
-Esto parece la India güevona, ¡mira este caos, hoy es solo jueves! Dice Inés con su acento colombo-argentino mientras trata de darle paso a una camioneta y una fila de carros.
Las calles en el pueblo de las terrenas tienen el ancho exacto para el tránsito de dos camionetas. Se ven atestadas de cuatrimotos con dos o tres ocupantes, la mayoría de ellos son extranjeros veraniegos monos y broceados. Hay calles cerradas por trabajos en la vía, casas convertidas en negocios seguidas de paseos comerciales, restaurantes, parqueos, tiendas artesanales, talleres de mecánica, y dos bancos.
- ¡Mirá! Allí se ve un supermercado, dice Olga la prima de Inés que ha venido de vacaciones.
-Voy a tratar de estacionarme más adelante...
Admiro
Admiro a las personas que tienen buena memoria. Quienes recuerdan los nombres y apellidos de la mayoría de las personas que han conocido, quienes te pueden decir lo que estaban haciendo hace un año, los que recuerdan lo que han estudiado...
Admiro a los que entienden la historia, la filosofía y el arte, los que hablan de Barthes, Kieerkeegaart, Hegel, el positivismo, los que tienen bien construido su discurso, los que quedan siempre bien parados no importa lo que hayan dicho, los que relacionan todo con el plano cartesiano y Arquímedes.
Admiro a quienes poseen voluntad y disciplina, quienes terminan los cursos a los que se han matriculado, los que practican deportes, los que trotan grandes distancias, los que son capaces de subir lomas en bicicleta, los que nadan más de diez piscinas seguidas con su giro e impulso, a quienes les suda la nariz.
Admiro a quienes son escritores rebeldes, los que no escriben por conveniencia, los que les sale bien.
Admiro a los vegetarianos, a los veganos, a los macrobióticos, los que hacen pan, germinados, mermeladas, bufandas, gorros, los que trabajan en su huerta biológica, los ecológicos, los que saben hacer un buen compost y no una mezcla ácida, olorosa y llena de bichos.
Admiro a los que montan empresas, los que tienen su propio negocio, a los emprendedores con ganas e ilusiones, los que hacen negocios internacionales, los que saben bien del negocio, los que quieren hacer plata, los que todavía utilizan la palabra explotación, los importadores, los exportadores, a los que saben vender bien su cuento, los vendedores, los enrredadores, los culebreros.
Admiro a los trabajadores, los que cumplen un horario, los que reciben un sueldo, los que van a juntas, los que tienen los mejores portátiles, los ejecutivos, los que consiguieron un préstamo para un carro, los que aunque su jefe no tenga la razón nunca lo dicen, los que se mueren trabajando sentados en una silla, los patronistas, los que hacen corrillo con los chismes.
Admiro a los solteros, a los chicos y chicas de moda, los que siempre quedan bien en las fotos, los que tienen 500 fotos en el facebook siempre en rumbas o rodeados de amigos, los que tienen las entradas más comentadas, los que son lindos e interesantes.
Admiro lo que no soy, lo que no soy capaz, lo que la dualidad y la individualidad no me permite. Soy una onda que solo toca ciertos puentos del universo.
Admiro a los que entienden la historia, la filosofía y el arte, los que hablan de Barthes, Kieerkeegaart, Hegel, el positivismo, los que tienen bien construido su discurso, los que quedan siempre bien parados no importa lo que hayan dicho, los que relacionan todo con el plano cartesiano y Arquímedes.
Admiro a quienes poseen voluntad y disciplina, quienes terminan los cursos a los que se han matriculado, los que practican deportes, los que trotan grandes distancias, los que son capaces de subir lomas en bicicleta, los que nadan más de diez piscinas seguidas con su giro e impulso, a quienes les suda la nariz.
Admiro a quienes son escritores rebeldes, los que no escriben por conveniencia, los que les sale bien.
Admiro a los vegetarianos, a los veganos, a los macrobióticos, los que hacen pan, germinados, mermeladas, bufandas, gorros, los que trabajan en su huerta biológica, los ecológicos, los que saben hacer un buen compost y no una mezcla ácida, olorosa y llena de bichos.
Admiro a los que montan empresas, los que tienen su propio negocio, a los emprendedores con ganas e ilusiones, los que hacen negocios internacionales, los que saben bien del negocio, los que quieren hacer plata, los que todavía utilizan la palabra explotación, los importadores, los exportadores, a los que saben vender bien su cuento, los vendedores, los enrredadores, los culebreros.
Admiro a los trabajadores, los que cumplen un horario, los que reciben un sueldo, los que van a juntas, los que tienen los mejores portátiles, los ejecutivos, los que consiguieron un préstamo para un carro, los que aunque su jefe no tenga la razón nunca lo dicen, los que se mueren trabajando sentados en una silla, los patronistas, los que hacen corrillo con los chismes.
Admiro a los solteros, a los chicos y chicas de moda, los que siempre quedan bien en las fotos, los que tienen 500 fotos en el facebook siempre en rumbas o rodeados de amigos, los que tienen las entradas más comentadas, los que son lindos e interesantes.
Admiro lo que no soy, lo que no soy capaz, lo que la dualidad y la individualidad no me permite. Soy una onda que solo toca ciertos puentos del universo.
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